Preámbulo #4 | El corcel que siempre estuvo contigo
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Preámbulo #4
El corcel que siempre estuvo contigo
El pueblo no tenía establo. No había carruajes esperando ni caballos atados a las fachadas polvorientas. Y, sin embargo, faltaban pocos minutos para que el sol se ocultara por completo y el reto se volviera inevitable.
Lupen caminaba por la calle principal intentando entender las reglas de aquel lugar. Si debía competir, necesitaba un corcel… pero no tenía ninguno. Mientras el viento arrastraba hojas secas entre los edificios abandonados, su mirada se detuvo en una puerta entreabierta con un letrero casi borrado por el tiempo: Taberna del Último Turno.
Dentro, la luz era tenue y el silencio espeso. Tras la barra se encontraba un tabernero de rostro curtido y mirada tranquila, como si supiera exactamente por qué Lupen estaba allí.
—Llegaste antes de entender las reglas —dijo el hombre con naturalidad.
Lupen se acercó sin rodeos. Necesitaba un caballo para la carrera. El tabernero soltó una risa breve y señaló el interior del saco de Lupen.
—Ya tienes uno.
Confundido, Lupen negó con la cabeza. No tenía caballo alguno. Entonces el tabernero explicó lo que parecía imposible: en ese universo, los corceles no eran de carne y hueso. Eran mazos de cartas. Corrían según la disciplina con la que habían sido construidos, respondían a la memoria de cada jugada y eran tan leales como la estrategia que los sostenía. Si el jugador dudaba, el corcel también lo haría.
Lupen comprendió.
Con cuidado, sacó su mazo. Lo sostuvo entre sus manos como si fuera la primera vez que lo miraba con verdadero respeto. Cada carta representaba horas de práctica, derrotas que habían enseñado más que las victorias y decisiones tomadas bajo presión.
Afuera, las campanas del pueblo resonaron marcando las siete. El sol comenzaba a esconderse y el falso Deckster ya lo esperaba al final de la calle, con una sonrisa cargada de desafío.
—¿Listo para perder tu deck? —provocó.
Lupen no respondió. Caminó hasta el centro del camino y desplegó su mazo frente a él. Las cartas se abrieron bajo la luz del atardecer y, como si el propio pueblo reconociera su intención, la tierra vibró levemente. Una energía invisible recorrió el aire y las cartas comenzaron a elevarse, girando entre sí hasta formar la silueta luminosa de un corcel.
No era un caballo común. Era estrategia materializada. Era experiencia convertida en fuerza. Sus ojos brillaban con determinación, como si cada partida jugada hubiera alimentado su espíritu.
El falso Deckster observó con atención.
—Interesante —murmuró—. Veamos si sabe correr.
El polvo comenzó a levantarse y las sombras se alargaron sobre la calle desierta. En aquel mundo no ganaba el más rápido, sino el que mejor conocía a su corcel. Y Lupen, por primera vez desde que atravesó el portal, dejó de buscar respuestas afuera.
Porque el poder que necesitaba siempre había estado en sus manos.